paraqnosepierda
lunes, 13 de julio de 2015
Cortázar
"Como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos." Rayuela, capítulo I
domingo, 1 de febrero de 2015
22-09-2012
Sus manos
agrietadas por el paso del tiempo, guardadas seguras en los bolsillos del largo
abrigo negro. Una sonrisa, nacida de la sapiencia y un buen augurio del
porvenir, se curva en la mitad de sus labios que acentúan un rostro sin barba.
No va solo, ella es joven. Han llegado juntos en medio de las risas de la
señorita, que desentona con el estilo de él, tan reservado. Se mezclan entre
los invitados que conocen y también con los que no.
El hombre no
deja de mirar ni un segundo, ni siquiera cuando parece estar concentrado en
alguna conversación. Se acerca y habla casi en un susurro, pero su voz es tan
grave que parece gritar. No sé si habla, o si hablan sus ojos oscuros y casi
malignos – Vengo a verte a ti, en realidad
La calle por
donde transitamos es tranquila, no está en el centro de la ciudad. Caminamos
como hace años, como fue siempre, como siempre será. Un reflejo en alguna
vidriera - ¿Qué ves? – Veo a una mujer vieja, y a un hombre joven, diferentes,
pero juntos. Esa amargura del tiempo que nos separa no se irá nunca- En esta calle, yo soy viejo y tú eres joven.
Y te quiero a ti.
Otra vez el
beso posesivo que se apodera de todo, que me deja débil, que borra mi carácter
y cualquier otro deseo. Deseo. Te deseo a ti en cualquier sueño y en cualquier
realidad, y me visitas tan poco. En qué otro mundo andarás y, ¿estaré en ellos
en alguna versión? ¿Estarás aquí en una forma que no conoceré?
Tus labios
suaves que cubren los míos presagian la partida. Nunca permaneces demasiado
tiempo. Nunca te quedas para que abra
los ojos y te vea despertando a mi lado, por más que te llame y te ruegue que
no seas solo un sueño. Solo un sueño. ¿Solo un sueño?
lunes, 29 de julio de 2013
miércoles, 10 de abril de 2013
Camino
El camino es largo y siento el sol sobre mis párpados. Camino sola, sin prisa, sin pausa. Es de mañana y no hay asomo de nubes grises. siento el aire fresco y a la vez cálido del mediodía de otoño, siento que estoy sola y que sin embargo soy observada. Camino, camino siempre en línea recta, siempre hacia adelante. La calma y la sensación de que no hay a dónde ir no me abandonan. El viento entre las hojas entona una melodía olvidada. Hay como un dejo de violines, de sinfónica recurrente y fantasmal. Siento sonrisas, veo risas multiplicadas de nadie en particular; pienso en ello y no pienso.
Las copas de los arboles que se curvan en mi perspectiva y marcan el túnel de pasos
Pienso en esto y lo dejo fluir. Existe la opción de sentarme, de peinar sobre si mismo el césped amarillo verdoso al margen del camino. Su aroma, su aroma podría ser el de cualquier bosque pero es el de este bosque. Este bosque en el que estoy y no está otra; con mi orquesta y mis pájaros que a veces cambian de nido y a veces se ocultan en la sombra. En este camino no hay un horizonte, solo rayos de sol infinitos y la certeza de que no estás ahí. No podes llegar ahí. Y sentarse, y recostarse, y sonreír...
Las copas de los arboles que se curvan en mi perspectiva y marcan el túnel de pasos
Pienso en esto y lo dejo fluir. Existe la opción de sentarme, de peinar sobre si mismo el césped amarillo verdoso al margen del camino. Su aroma, su aroma podría ser el de cualquier bosque pero es el de este bosque. Este bosque en el que estoy y no está otra; con mi orquesta y mis pájaros que a veces cambian de nido y a veces se ocultan en la sombra. En este camino no hay un horizonte, solo rayos de sol infinitos y la certeza de que no estás ahí. No podes llegar ahí. Y sentarse, y recostarse, y sonreír...
jueves, 22 de noviembre de 2012
Todo
Todo lo que te dije, mi amor, todo lo que me dijiste, se borró para siempre...
Quedate acá siempre viéndome, no seas más que aire, no existas más que en mí
Quedate acá siempre viéndome, no seas más que aire, no existas más que en mí
lunes, 19 de noviembre de 2012
el miedo
¿Te da miedo lo que puedas decir acá?
Lo que puedan escupir tus dedos, y esos pensamientos que no te abandonan.
Pero el miedo es esa parte de vos que te incita a perseguirlo, que sabe cómo mantenerte en vilo.
Tenés miedo y deseas tenerlo.
Porque si no lo tuvieras...tendrías que actuar.
Lo que puedan escupir tus dedos, y esos pensamientos que no te abandonan.
Pero el miedo es esa parte de vos que te incita a perseguirlo, que sabe cómo mantenerte en vilo.
Tenés miedo y deseas tenerlo.
Porque si no lo tuvieras...tendrías que actuar.
miércoles, 1 de febrero de 2012
No tardes
Marisma de colores, me acerco a ti porque nadie más puede verme. No somos tan distintos los dos, ni fuimos tan tontos como para no querernos. Silba, como me gustaba que te hicieras presente al final del pasillo. Suave, burlonamente, buscando con la mirada una complicidad adquirida y perfeccionada. Esas siestas interminables, el aleteo de los pajaros, el olor a tierra recién mojada por la regadera. En la pequeña burbuja personal que era nuestro mundo no entraban sueños fallidos, ni rabias contenidas, ni tristeza mal disimulada. No es que siempre nos rieramos; pero el llorar era sobre todo sincero, palpable, sereno.
Castillo de arena. Te rodeo y no sé como hablarte. ¿Era tu favorita la canción de la radio que cambiaste el otro día? No voy a olvidar el gesto de brusca concentración con que miraste el aparato. Calladamente tarareaste una melodía (problemente inventada) y pasaste la página del libro, como si el instante no se hubiera interrumpido nunca. Estiraste el tiempo, protector de mentiras. Pero me senté a tu lado, y comenté algo sobre el día que se iba.
No es justo, avioncito de papel. Saliste temprano y sigo escribiendo, notando que tu té frio no guarda la marca de tus dedos en la taza. Estas palabras son para ti, para ellos tal vez, que miran por encima de mi hombro y asienten -creyendo- comprender. Yo creo que no he comprendido jamás hasta ahora. No puedo decir que no rotundamente, porque te reirías de mi, y ellos pondrían ese gesto de cansancio, de hastío, de paciencia cultivada. Maíz dorado, quiero la luz que entraba por la ventana y que se fue a la esquina a esperarte. Quiero tu sombra estirandose sobre mi vereda, tocandome antes que tú; quiero la piedrita que pateaste con gesto de niño y que no volvió de entre los arbustos.
No tardes, fuego encerrado. Necesito que me expliques por qué a veces si y por qué a veces no, por qué aquel no quiere hablarme y a aquella parezco haberla perdido. No tardes, fuego encerrado. No tardes porque quiero estar contigo.
Castillo de arena. Te rodeo y no sé como hablarte. ¿Era tu favorita la canción de la radio que cambiaste el otro día? No voy a olvidar el gesto de brusca concentración con que miraste el aparato. Calladamente tarareaste una melodía (problemente inventada) y pasaste la página del libro, como si el instante no se hubiera interrumpido nunca. Estiraste el tiempo, protector de mentiras. Pero me senté a tu lado, y comenté algo sobre el día que se iba.
No es justo, avioncito de papel. Saliste temprano y sigo escribiendo, notando que tu té frio no guarda la marca de tus dedos en la taza. Estas palabras son para ti, para ellos tal vez, que miran por encima de mi hombro y asienten -creyendo- comprender. Yo creo que no he comprendido jamás hasta ahora. No puedo decir que no rotundamente, porque te reirías de mi, y ellos pondrían ese gesto de cansancio, de hastío, de paciencia cultivada. Maíz dorado, quiero la luz que entraba por la ventana y que se fue a la esquina a esperarte. Quiero tu sombra estirandose sobre mi vereda, tocandome antes que tú; quiero la piedrita que pateaste con gesto de niño y que no volvió de entre los arbustos.
No tardes, fuego encerrado. Necesito que me expliques por qué a veces si y por qué a veces no, por qué aquel no quiere hablarme y a aquella parezco haberla perdido. No tardes, fuego encerrado. No tardes porque quiero estar contigo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)