Tu canción me hizo cosquillas anoche, porque deambulabas como un fantasma añejo e imposible en medio de la multitud. Sentí tus dedos rozar mi mano, pero no pude mirar hacia el lado por el cual habías huido, porque ya no estarías ahí; una mancha en el recuerdo del aire que tampoco está seguro de haberte sentido suspirar. Y tu risa, siempre tu risa asesina y cruel recordándome que la batalla está perdida desde el principio, y que estas cadenas son tan reales que el peso en el alma indudablemente está venciendo al coraje.