Sus manos
agrietadas por el paso del tiempo, guardadas seguras en los bolsillos del largo
abrigo negro. Una sonrisa, nacida de la sapiencia y un buen augurio del
porvenir, se curva en la mitad de sus labios que acentúan un rostro sin barba.
No va solo, ella es joven. Han llegado juntos en medio de las risas de la
señorita, que desentona con el estilo de él, tan reservado. Se mezclan entre
los invitados que conocen y también con los que no.
El hombre no
deja de mirar ni un segundo, ni siquiera cuando parece estar concentrado en
alguna conversación. Se acerca y habla casi en un susurro, pero su voz es tan
grave que parece gritar. No sé si habla, o si hablan sus ojos oscuros y casi
malignos – Vengo a verte a ti, en realidad
La calle por
donde transitamos es tranquila, no está en el centro de la ciudad. Caminamos
como hace años, como fue siempre, como siempre será. Un reflejo en alguna
vidriera - ¿Qué ves? – Veo a una mujer vieja, y a un hombre joven, diferentes,
pero juntos. Esa amargura del tiempo que nos separa no se irá nunca- En esta calle, yo soy viejo y tú eres joven.
Y te quiero a ti.
Otra vez el
beso posesivo que se apodera de todo, que me deja débil, que borra mi carácter
y cualquier otro deseo. Deseo. Te deseo a ti en cualquier sueño y en cualquier
realidad, y me visitas tan poco. En qué otro mundo andarás y, ¿estaré en ellos
en alguna versión? ¿Estarás aquí en una forma que no conoceré?
Tus labios
suaves que cubren los míos presagian la partida. Nunca permaneces demasiado
tiempo. Nunca te quedas para que abra
los ojos y te vea despertando a mi lado, por más que te llame y te ruegue que
no seas solo un sueño. Solo un sueño. ¿Solo un sueño?