lunes, 26 de julio de 2010

unidos por un ritual de sangre, los dos hermanos se miraron, incapaces de ocultar el horror que sus pupilas soportaban. El corazón todavía latía en sus manos, y la noche silenciosa no los engañaba; a lo lejos las luces de los artificios de navidad elevaban los ecos de los festejos y las risas estruendosas. El campo en el que se hallaban ambos estaba bastante alejado del centro del pueblo, un pequeño bosque de arboles altos y flacos los escudaba de la curiosidad de otros niños que jugaban en los alrededores. La brisa -jamás olvidarían ese respiro tan tenue, el jadeo del verano que adormilaba a cualquier hora del día- parecía acrecentar con su caricia el dolor en lo hondo del pecho, el remordimiento que hacía querer lastimarse, sangrar con sangre parecida a esa que ahora se esparcía a su alrededor, implacable, -todo un río de sangre-, y ellos que no iban calzados, porque jamás lo hacían en verano. Había pasado media hora de la medianoche y sabían que ya estaban buscándolos, que el juego ya había comenzado y que esta vez no estarían del lado de los cazadores. Su víctima, rubia, de unos cinco años, descalza -¡y tan pálida!-, miraba el infinito recostada sobre el pasto, con ojos que no habían conseguido cerrar, a sabiendas de que sólo enfurecería más a los Privilegiados. El mayor apretó el corazón sobre su pecho -ahora suyo, el primero- y dándole un golpe en el hombro a su cómplice enfiló hacia los límites de sus tierras, al tiempo que ladridos de perros desesperados invadían la noche calurosa, rojiza.

sábado, 10 de julio de 2010

No ganaban nada separados. Pero se despidieron, cada uno soñando un retorno, cada uno anhelando no volverse a ver. El tiempo juntos era perfecto; cada frase en el tono adecuado, las manos que se juntaban al saludarse y no se soltaban, se quedaban escondidas debajo de la almohada.
Casi la subestimó. Una noche cometió el error de relajarse, de entablar conversación con una desconocida. "Yo no me enamoro", le dijo, y ella le creyó, porque internamente deseaba oírlo. Y no pudo evitar amarlo al instante. Supongo que algo debió cambiar en su mirada, quizás fue un parpadeo innecesario o el bajar la vista para descargar la ceniza del cigarrillo. Él lo notó, porque no podía ser de otra manera, porque siempre esperaba huir. Lentamente, sin dejar de sonreír pero limitando las palabras guardó el libro que ojeaban hasta recién. Sus manos temblaron, imperceptiblemente; ella no lo notó porque elaboraba ya la historia que esa noche le contaría a su cuarto vacío. La mala suerte, el destino, la hora...él se iba por todo eso, y no por el fuego que desprendían sus ojos ni por la calidez del roce de su mano que sin querer alcanzó su dedo meñique. "Yo no me enamoro", murmuraban los pasos de los adolescentes ruidosos que los chocaron en la calle. Así el mundo los absorbía y los despedía con pronto, con luego de la cursada, con no perdamos el contacto.