domingo, 22 de agosto de 2010

Domingo. Hoy es domingo y todo se aletarga. Mientras espero algo que no puedo definir, me insisto a mi misma para salir y enfrentar esos rostros de fin de semana que se apuran por volver a sus hogares, sabiendo que lo tan temido ha llegado por fin y que ya no son tan libres como lo fueron el sábado. Por no perder esa libertad, o mejor dicho, por perderla de manera más imperceptible, insisto en quedarme en la cama para disfrutar -tristemente- de un capítulo más de esa serie de tv que ya terminó hace años pero que por algún motivo necesito ver. ¿Será porque me lleva a otras épocas, otros espacios? Con frecuencia suele pasarme que necesito hacerme de pequeños objetos o volver a escuchar determinadas palabras que me impresionaron en su momento para encontrar una faceta de mi que se quedó en el tiempo y se hace extrañar. No por adecuada o por trascendente, sino simplemente porque fue y ya no hay peligro de que sea. Al menos no a plena luz del día; en la intimidad los antiguos terrores o los pensamientos oscuros revolotean sobre la mesa esperando impacientes a que alguien se descuide.
Bueno, es domingo y las palabras quieren salir aunque no sea en forma de relato o de poema, más bien en esta especie de ensayo o de diario íntimo -en plena web- porque creo que sienten que las he dejado arrinconadas en alguna habitación del pasado y que las veo como algo pasado de moda. Y sepan que eso jamás. No saldrán de manera audible, pero todavía puedo dibujarlas aunque sea apretando teclas que ahorran tiempo y agilizan el traspaso de pensamientos que todos sabemos son escurridizos. Las palabras, esas acompañan siempre; el amor, la seguridad, la inocencia, la alegría, quedan suspendidos en ciertos períodos pero siempre habrá alguna manera de transmitir lo que duele o molestan esas ausencias. Mi manera son las palabras, diciendo esto a modo de cierta presentación o etiqueta para todo lo volcado días y meses atrás, que fue obra de impulsos a veces y de rabia en otros momentos.
Escribir. Escribir por algún motivo específico es mucho más sencillo; que me encarguen algo en la facultad origina un despliegue de artimañas y lugares comunes que no son muy difíciles de trenzar para llegar a agradar a otros, para recibir el gesto de asentimiento y vislumbrar la sutil sonrisa de lado que indica que ese espíritu está conforme con las frases que desfilan ante su mirada. Yo no suelo estar conforme, por eso cuando termino de escribir algo y me veo en la obligación de tener que releerlo -es una nota que después será plasmada en la cuadriculada planilla del profesor-, toda mi tozudez lucha contra esa obligación de pasear la vista rápidamente agregando comas acá o eliminando palabras repetidas más allá. Hasta que se parece a la música, hasta que lo leo y me parece redondo -nunca lo es- y entonces lo cierro para no volver a verlo y ya no existe para mi.
En este momento escribo porque me ahogo, porque me asfixia la ciudad, con sus domingos de plástico que ya no engañan a nadie y con sus bocinas impacientes que quieren llegar, que desesperan por sobrepasar, que insultan a todo peatón y que me impiden dormirme, porque al fin y al cabo tengo que salir a comprar esa tintura y a enfrentar las últimas horas sin las cadenas de la rutina.
(¿Será cierta la última oración?)

sábado, 14 de agosto de 2010

no te cambiaría por nadie

Sé que es mi imaginación lo que te da forma,
sé que probablemente tus ojos sean negros y tu cabello azul
porque al cerrar los ojos, cada vez te veo distinto
y cada vez más parecido a vos mismo.
Esa forma en mis pensamientos,
esos rasgos que se apoderan de tu cara, y te asustan
los vientos que traen una voz que no es la tuya y que
toma tu garganta, sé que son injustos,
así haciéndote, y creándote, un poco voy desdibujandote
y tu forma verdadera se pierde, porque cuando sos mío
sos a la vez otro, el de la irrealidad
el de los mundos ocultos
el que se oculta a la mirada sensata y a las posibilidades
que, si fueran infinitas!
El roce de tu mano está fabricado de miles de roces
es una combinación perfecta de lo que quiero, y de lo que tengo
esa cálida aspereza de unos dedos que de diluyen cuando me despierto
aún más cansada, aún más lejana.