Bueno, es domingo y las palabras quieren salir aunque no sea en forma de relato o de poema, más bien en esta especie de ensayo o de diario íntimo -en plena web- porque creo que sienten que las he dejado arrinconadas en alguna habitación del pasado y que las veo como algo pasado de moda. Y sepan que eso jamás. No saldrán de manera audible, pero todavía puedo dibujarlas aunque sea apretando teclas que ahorran tiempo y agilizan el traspaso de pensamientos que todos sabemos son escurridizos. Las palabras, esas acompañan siempre; el amor, la seguridad, la inocencia, la alegría, quedan suspendidos en ciertos períodos pero siempre habrá alguna manera de transmitir lo que duele o molestan esas ausencias. Mi manera son las palabras, diciendo esto a modo de cierta presentación o etiqueta para todo lo volcado días y meses atrás, que fue obra de impulsos a veces y de rabia en otros momentos.
Escribir. Escribir por algún motivo específico es mucho más sencillo; que me encarguen algo en la facultad origina un despliegue de artimañas y lugares comunes que no son muy difíciles de trenzar para llegar a agradar a otros, para recibir el gesto de asentimiento y vislumbrar la sutil sonrisa de lado que indica que ese espíritu está conforme con las frases que desfilan ante su mirada. Yo no suelo estar conforme, por eso cuando termino de escribir algo y me veo en la obligación de tener que releerlo -es una nota que después será plasmada en la cuadriculada planilla del profesor-, toda mi tozudez lucha contra esa obligación de pasear la vista rápidamente agregando comas acá o eliminando palabras repetidas más allá. Hasta que se parece a la música, hasta que lo leo y me parece redondo -nunca lo es- y entonces lo cierro para no volver a verlo y ya no existe para mi.
En este momento escribo porque me ahogo, porque me asfixia la ciudad, con sus domingos de plástico que ya no engañan a nadie y con sus bocinas impacientes que quieren llegar, que desesperan por sobrepasar, que insultan a todo peatón y que me impiden dormirme, porque al fin y al cabo tengo que salir a comprar esa tintura y a enfrentar las últimas horas sin las cadenas de la rutina.
(¿Será cierta la última oración?)