lunes, 26 de julio de 2010

unidos por un ritual de sangre, los dos hermanos se miraron, incapaces de ocultar el horror que sus pupilas soportaban. El corazón todavía latía en sus manos, y la noche silenciosa no los engañaba; a lo lejos las luces de los artificios de navidad elevaban los ecos de los festejos y las risas estruendosas. El campo en el que se hallaban ambos estaba bastante alejado del centro del pueblo, un pequeño bosque de arboles altos y flacos los escudaba de la curiosidad de otros niños que jugaban en los alrededores. La brisa -jamás olvidarían ese respiro tan tenue, el jadeo del verano que adormilaba a cualquier hora del día- parecía acrecentar con su caricia el dolor en lo hondo del pecho, el remordimiento que hacía querer lastimarse, sangrar con sangre parecida a esa que ahora se esparcía a su alrededor, implacable, -todo un río de sangre-, y ellos que no iban calzados, porque jamás lo hacían en verano. Había pasado media hora de la medianoche y sabían que ya estaban buscándolos, que el juego ya había comenzado y que esta vez no estarían del lado de los cazadores. Su víctima, rubia, de unos cinco años, descalza -¡y tan pálida!-, miraba el infinito recostada sobre el pasto, con ojos que no habían conseguido cerrar, a sabiendas de que sólo enfurecería más a los Privilegiados. El mayor apretó el corazón sobre su pecho -ahora suyo, el primero- y dándole un golpe en el hombro a su cómplice enfiló hacia los límites de sus tierras, al tiempo que ladridos de perros desesperados invadían la noche calurosa, rojiza.

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