sábado, 10 de julio de 2010

No ganaban nada separados. Pero se despidieron, cada uno soñando un retorno, cada uno anhelando no volverse a ver. El tiempo juntos era perfecto; cada frase en el tono adecuado, las manos que se juntaban al saludarse y no se soltaban, se quedaban escondidas debajo de la almohada.
Casi la subestimó. Una noche cometió el error de relajarse, de entablar conversación con una desconocida. "Yo no me enamoro", le dijo, y ella le creyó, porque internamente deseaba oírlo. Y no pudo evitar amarlo al instante. Supongo que algo debió cambiar en su mirada, quizás fue un parpadeo innecesario o el bajar la vista para descargar la ceniza del cigarrillo. Él lo notó, porque no podía ser de otra manera, porque siempre esperaba huir. Lentamente, sin dejar de sonreír pero limitando las palabras guardó el libro que ojeaban hasta recién. Sus manos temblaron, imperceptiblemente; ella no lo notó porque elaboraba ya la historia que esa noche le contaría a su cuarto vacío. La mala suerte, el destino, la hora...él se iba por todo eso, y no por el fuego que desprendían sus ojos ni por la calidez del roce de su mano que sin querer alcanzó su dedo meñique. "Yo no me enamoro", murmuraban los pasos de los adolescentes ruidosos que los chocaron en la calle. Así el mundo los absorbía y los despedía con pronto, con luego de la cursada, con no perdamos el contacto.

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